Isabel II, el centenario de la Reina ecuestre

Por Alejandra Ocampo

No estaba en su destino convertirse en reina; mucho menos convertirse en la monarca más longeva de la historia de Gran Bretaña y la segunda de la historia, detrás de nada menos que el legendario Louis XIV de Francia, el Rey Sol. Pero lo cierto es que, como su tatarabuela, la mítica Reina Victoria y su padre, el Rey Jorge VI, ella hizo frente a ese destino inesperado, con gran entereza, devoción y dedicación al servicio de su país, algo que dejó plasmado en aquellas históricas palabras del discurso por su cumpleaños 21, en 1947, desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica, acompañando, junto a su hermana, la Princesa Margarita, a sus padres, el Rey Jorge VI y la Reina Consorte Isabel, en una gira oficial – “declaro ante todos ustedes que dedicaré mi vida entera, ya esa corta o larga, al servicio de nuestra gran familia imperial, a la que todos pertenecemos”.

Foto: Royal UK

Aquella Princesa que no había nacido para ser Reina, fue la que se convirtió en Isabel II y la que hoy, 21 de abril, habría cumplido 100 años; vivió hasta los 96, tras 70 años y 214 días de reinado en los que hizo honor hasta el final a aquel juramento que había hecho en Sudáfrica, a pesar del sufrimiento que le causaba una enfermedad incurable. 

Nacida como Isabel Alejandra María, el 21 de abril de 1926, en Mayfair, Londres, era la hija de los entonces Duques de York, Alberto e Isabel, una aristócrata escocesa, con quien el hijo del Rey Jorge V se había casado en 1923. Su infancia transcurrió entre Londres, el castillo de Windsor y las residencias reales en Sandringham y Balmoral. En 1930, la familia aumentó con la llegada de otra Princesa, Margarita. 

A los 4 años, su abuelo le regaló un pequeño pony Shetland llamado Peggy, comenzando una pasión por los caballos que iba a acompañarla toda su vda. Aprendió a montar en las caballerizas del Palacio de Buckingham y con el tiempo iba a convertirse en una experta jinete, que soñaba con una vida perfecta en el campo, criando caballos y perros, sobre todo de raza corgi – el primero de ellos, una perrita llamada Susan fue un obsequio de su padre cuando cumplió 18 años. 

Pero el sueño de la pequeña Isabel quedó trunco en diciembre de 1936. En enero de 1935, tras el fallecimiento de su abuelo, el Rey Jorge V, éste fue sucedido por David, su hijo mayor y hermano de Alberto. Mientras los Duques de York y sus dos hijas pasaban una vida tranquila, sin sobresaltos, David – quien tomó el nombre de Eduardo VIII al momento de convertirse en Rey, llevaba una vida frívola y no exenta de escándalos, que le trajo más de un dolor de cabeza a sus padres; sobre todo, su obsesión por tener amoríos con mujeres casadas. Al momento de su ascenso al trono, la amante de turno era una mujer aún casada, en proceso de divorcio, llamada Wallis Simpson. Fue cuando estalló la crisis – Eduardo (o David) ansiaba casarse con Wallis, en una contravención a los mandatos de la Iglesia de Inglaterra, que prohibía los casamientos de personas divorciadas, con el ex cónyuge vivo. Tras meses de tira y afloje, y sabiendo que nunca iba a poder ser Rey si se casaba con Wallis, Eduardo VIII decide abdicar; la corona pasó a su hermano, Alberto, que eligió llamarse Jorge VI, en tributo a su padre y con la clara idea de rehabilitar la monarquía, cuya reputación estaba en riesgo a causa de las irresponsabilidades de su hermano. Esto convirtió a la pequeña Isabel, de 10 años, en la heredera al trono.

Foto: Radio Perfil

Lo cierto es que para Jorge VI, la corona no fue fácil – tímido, fumador empedernido, con una tartamudez que hacía de cada acto público una pesadilla, debió contar con la ayuda de su esposa para cumplir con una carga que no estaba planeada para él. Fue el Rey al que le tocó enfrentar la terrible II Guerra Mundial, negándose a ser evacuado de Londres, que fue continuamente bombardeada por los nazis. Además de negarse a dejar Londres, el Rey y su esposa recorrían los lugares destruidos por los bombardeos y se alimentaban con la misma cartilla de racionamiento que su pueblo, lo que les ganó el inmenso afecto de la gente. Isabel y Margarita fueron trasladadas al castillo de Windsor; Isabel, mientras, se preparaba para el rol que le esperaba en el futuro, con sus estudios en historia constitucional y leyes, e idiomas, sobre todo francés, temas protocolares y religión. Su tutor fue el vicerrector de Eton – aunque su padre también aconsejaba a su hija -, en tanto que la educación religiosa quedó a cargo del Arzobispo de Canterbury. A los 18 años, Isabel sirvió en la II Guerra Mundial, incorporándose al Servicio Territorial Auxiliar, la rama femenina del ejército británico, que desde 1941 reclutaban mujeres para trabajar en la industria. Isabel se especializó en mecánica, haciendo cursos de conducción y mantenimiento de vehículos y motores. Se convirtió en una experta conductora y adquirió un enorme conocimiento de la mecánica. Terminada la guerra, en 1947, contrajo matrimonio con el Príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca, con quien tendría 4 hijos. 

En febrero de 1952, mientras Isabel y Felipe cumplían con una gira por los países de la Commonwealth, llegó la noticia del inesperado fallecimiento del Rey. Isabel, que viajó como Princesa, volvió a Inglaterra como soberana. Tenía tan solo 25 años. Fue coronada en junio de 1953, en la Abadía de Westminster. Pero ese cambio rotundo en su vida, sus obligaciones como cabeza de estado, nunca la iban a alejar de su pasión – los caballos.

Foto: Royal Uk

UNA VIDA DEDICADA AL DEBER Y A LOS CABALLOS

El regalo de su abuelo fue tan solo el comienzo de lo que para Isabel iba a convertirse en parte fundamental de su vida. Isabel no solo era una experta jinete, sino que también fue dueña de muchos ejemplares que ella misma se encargaba de cuidar y criar, sobre todo los purasangre de carrera. A lo largo de su reinado, solía aparecer por las caballerizas para ver a sus caballos, e involucrarse y supervisar todo lo relacionado con ellos. Como la experta que era en líneas de sangre, se ganó su propio  nombre como criadora de purasangres ingleses, y fue una gran impulsora para la supervivencia de razas inglesas poco comunes como los Highland y Fell, salidos de sus caballerizas de Sandringham y Balmoral, que obtuvieron premios en las competencias ecuestres.

Algunos de los eventos en los que Isabel II era asidua concurrente son las mundialmente famosas carreras de Ascot, el mayor evento de carreras de caballos, que se realiza desde 1711; el Royal Windsor Horse Show, el Derby de Epsom. Cada vez que alguno de sus caballos participaba en las carreras, Isabel II no era la Reina de Inglaterra, sino una entusiasta espectadora más que, con sus binoculares, observaba atentamente a cada uno de sus caballos, y que disfrutó de victorias inolvidables. Entre otros, los más destacados son el Rous Memorial Stakes, en 1954, que lo ganó su caballo Landau; ese mismo año, el formidable padrillo Aureole ganó el Hardwicke Stakes. En 1957, Isabel tuvo cuatro de sus caballos ganadores en Ascot. Sus caballos también participaban en carreras en el exterior, como por ejemplo en 1974, Highclere, que fue el campeón de Prix de Diane, en el hipódromo de Chantilly. Uno de sus logros más importantes ocurrió en 2013, cuando Isabel se convirtió en la primera monarca en lograr uno de los trofeos más importantes de la semana de Ascot, la Gold Cup, con su caballo Estimate. En total, los caballos de la cría de Su Majestad ganaron unas 1800 carreras.

Foto: Al Mundo

El esos años, el hombre de confianza de Isabel en su pasión ecuestre fue Henry Herbert, Séptimo Conde de Carnavon, también conocido como Lord Porchester, fue amigo y confidente de la Reina. Porchey, como solía llamarlo Isabel, fue una de las más sobresalientes figuras del mundo ecuestre en Gran Bretaña, quien en 1969 se convirtió en el director de carreras de Su Majestad, cargo que desempeñó hasta su muerte, en 2001. Compartió con ella todos los detalles de la cría y bienestar de los caballos y fue clave a la hora de sacar campeones a los ejemplares de la Reina. El sucesor de Porchey en el puesto fue John Warren, hombre clave en la victoria de Estimate en la Gold Cup de Ascot, en 2013.

Por otra parte, desde 1949, siendo Princesa y acompañando a su padre, Isabel II participaba del tradicional Trooping The Colour, el evento que se realiza en Londres cada año en el mes de junio, un acontecimiento que tiene más de 250 años de historia y que se conmemora como festejo oficial del cumpleaños del monarca, vestida con su deslumbrante uniforme de chaqueta roja y montando de costado, lo cual que hizo hasta 1986.

Isabel II siempre les demostraba a sus caballos su gran cariño personal, considerándolos mucho más que animales de trabajo o de competición. En alguna ocasión, hasta se la pudo ver a Isabel dando de comer las zanahorias directamente de su mano a sus caballos. Su amor hacia los caballos la llevó a discutir asuntos de estado con líderes mundiales, mientras montaban – uno de ellos fue Ronald Reagan, el entonces Presidente de Estados Unidos, en 1982.

El polo no iba a quedar exento de la pasión ecuestre de Isabel. Su marido, el Príncipe Felipe, era un muy buen jugador de polo, que llegó  tener 5 goles de handicap. Jugaba habitualmente en Cowdray Park Polo Club, y su esposa estaba siempre allí, alentándolo, o entregándole una copa. En 1955, Felipe fundó en Windsor Great Park el Household Brigade Club, que en 1969 adoptó su nombre actual – Guards Polo Club. El torneo emblema del exclusivo y elegante club es la Copa de la Reina, creada en 1960, en honor a Isabel, quien era la encargada de presidir la entrega de premios, luego de presenciar la final desde el balcón del exquisito Royal Box. Isabel también era protagonista del torneo más antiguo del club, la Royal Windsor Cup, no solo entregando los premios, sino como jurado del tradicional desfile de carruajes antiguos, que se realiza luego de las finales.

Foto: Pablo Ramírez (2019)

Su Majestad no se limitaba a entregar los premios en “su” torneo; le gustaba conversar con los polistas, quienes siempre destacaron su gran sentido del humor y su inagotable conocimiento sobre todo lo relacionado con los caballos. Pero hay una anécdota supera a todas – en 2014, el equipo Zacara ganó la codiciada copa por segundo año consecutivo. Uno de los integrantes del campeón era nada menos que Facundo Pieres – quien dicho sea de paso, también era un habitué de las charlas con la Reina, ya que ganó el torneo en reiteradas ocasiones. Ese año, la yegua de Facundo, Open Galáctica, recibió su segunda manta consecutiva (de más está decir que Isabel reconoció inmediatamente a la yegua que había premiado el año anterior). Cuando llegó el momento de la foto, y en un gesto espontáneo, Facundo posó su mano sobre la espalda de la Reina, algo que no estaba permitido por protocolo. El “asunto” causó un revuelo mediático en Gran Bretaña, pero no para Facundo y mucho menos para la Reina.

Ese mismo año, 2014, Isabel recibió de manos de la Princesa Haya de Jordania un reconocimiento especial de la Federación Ecuestre Internacional (FEI), el prestigioso, Lifetime Achievement, o Premio a la Trayectoria, un galardón en reconocimiento  su amor y pasión por los caballos y su enorme contribución al mundo ecuestre, como criadora, propietaria y absoluta dedicación a estos nobles animales, lo que la convirtió en un verdadero ícono de la cultura ecuestre, más allá de su rol como jefe de estado.

Increíblemente, Isabel seguía montando a caballo pasados los 90 años, en los jardines del Castillo de Windsor; lo hacía no solo porque lo disfrutaba enormemente, sino porque además, era el mundo que le permitía ser ella misma y alejarse de los asfixiantes protocolos y deberes de la corte; una manera de despejar su mente y su cuerpo. Incluso, en su último cumpleaños, en abril de 2022, se distribuyó una foto de Isabel posando junto a dos espléndidos caballos blancos de las montañas inglesas de Cumbria, Bybeck Nightingale y Bybeck Katie.

El 6 de septiembre de 2022, Isabel II, ya muy frágil a causa de su quebrantada salud, brindó un último servicio a su país, cuando recibió a la nueva Primer Ministro, Liz Truss, en el castillo de Balmoral, en Escocia. Tan solo dos días después, el 8 de septiembre, Isabel II falleció, dejando tras de sí un un legado para los libros de historia. La noticia acaparó los medios no solo de Gran Bretaña sino de todo el mundo; su país, así como también innumerables líderes y estadistas de todas partes del mundo, la despidieron con todos los honores, en un imponente funeral de estado. Adolfo Cambiaso, quien compartió algunas charlas con ella en las diez veces que ganó la Copa de la Reina, tuvo unas palabras para Isabel II tras su fallecimiento, en una nota para el diario La Nación:  “Siempre me pareció una persona muy a tierra, muy normal. Tuve la satisfacción de ganar 10 veces la Copa de la Reina (…). Le encantaban los caballos. Fanática. Te preguntaba los pedigrees, donde jugaban, si las yeguas eran argentinas o inglesas o neozelandesas. Le divertía saber de sus líneas sanguíneas. Era corta la charla, pero siempre muy interesada. Muy fanática del deporte. Una persona que al polo le ha hecho increíblemente bien. La Copa de la Reina fue siempre muy famosa, por ella (…)”.

El último tramo del funeral de estado tuvo un toque emocionante. Rumbo a su destino final, la capilla de San Jorge, en el Castillo de Windsor, la esperaron para despedirse dos de sus inseparables perritos corgis y alguien muy especial – a un costado, junto a un mozo de cuadra que la sostenía, estaba Emma, una yegua negra de tamaño pequeño, la favorita de Isabel y a la que había montado por última vez unos meses antes, en julio. Al paso del coche fúnebre, Emma – que tenía sobre su montura uno de los pañuelos de seda que Isabel solía usar en su cabeza cuando andaba a caballo – agachó la cabeza y movió sus patas delanteras. Emma, esa yegua noble e inteligente como pocas, rindió así su homenaje a su jinete preferida, la Reina ecuestre, Isabel II, quien hoy es recordada en su centenario; la Reina que dedicó su larga vida al deber y a los caballos, a quienes tanto amó.