El hierro cobra vida en forma de caballo: una entrevista a Juan Pablo De Plà

El arte, el reciclaje y el mundo ecuestre se cruzan en las obras de Juan Pablo De Plà, artista argentino que logró transformar materiales de descarte en esculturas llenas de fuerza, identidad y sensibilidad.

Con una trayectoria de más de 25 años, De Plà construyó desde su taller en San Miguel, un lenguaje donde cada pieza nace de la observación, la memoria y la conexión con el mundo que rodea a los equinos.

Sus obras, de las cuales hoy muchas se pueden encontrar en lugares emblemáticos como el Campo Argentino de Polo o el Hipódromo de Palermo, hacen que su trabajo trascienda lo material para realzar conceptos centrales como son el movimiento, la energía y la singularidad de cada animal.

Un mano a mano con un creador que entiende el arte como un puente de conexión con el mundo animal y que encuentra en el caballo una forma de expresión muy particular.

Contanos sobre vos para quienes todavía no te conocen. ¿Quién sos, de dónde venís, a qué te dedicás y un repaso por tu trayectoria?

Soy Juan Pablo De Plà. Nací en Buenos Aires y viví casi toda mi vida en San Miguel, donde hoy tengo mi taller. Me dedico a la escultura, aunque no a una escultura tradicional… No es de esculpir sino más bien de religar, de agregar piezas de descarte que reutilizo.

Empecé con este trabajo hace aproximadamente 25 años, cuando conocí en Buenos Aires a Carlos Regazzoni y luego estuve trabajando con él algunos años en París. En ese momento yo pintaba, ya hacía dibujos; el interés por crear lo llevo desde chico. Creaba con lo que encontraba; cajones de manzana, madera de la calle, siempre reutilizando materiales. También hice cerámica, y mi mamá me compró mis primeros óleos cuando era muy chiquito, pero nunca imaginé que esto iba a acompañarme el resto de mi vida.

Gran parte de tus obras está inspirada en los animales y especialmente en los caballos. ¿Por qué esa elección?

La inspiración con los animales, al empezar a trabajar con este tipo de materiales, fue algo natural, se dio instantáneamente. Cuando empecé a trabajar con hierro, el primer animal que representé fue un caballo, chiquitito, bastante simple, pero surgió así.

Era como si el hierro me llevara a eso, al caballo. Y a partir de ese no paré. Hice caballos de todo tipo, después empecé con los grandes y más adelante con otros animales. La naturaleza es una gran fuente de inspiración.

¿Tenés algún vínculo especial con el polo y el mundo ecuestre? ¿Cómo nace esa relación?

El vínculo con el polo surgió a partir de los caballos. Siempre cuento que los iba a ver, porque cerca de mi casa había un club de pato y polo y me encantaba ir, acercarme, mirarlos, acariciarlos, jugar a veces. Entonces desde chico tuve conexión y con el tiempo, conocí gente ligada al polo que ama mucho a los caballos. Eso me hizo aprender mucho más y también me abrió puertas para poder mostrar lo que hacía.

¿Hay algo puntual de los caballos o del deporte ecuestre que busques destacar en cada una de tus piezas?

Sí, es una búsqueda muy particular en cada obra. Si bien las esculturas tienen piezas que pueden ser comunes, no son iguales: son similares, pero cada una tiene su identidad. Por eso también tienen nombre, posición y representan un momento.

Busco que sean piezas únicas, que se destaque la elasticidad, la fuerza, el movimiento. Miro mucho fotos de la pose que voy a representar y trato de que sea algo natural. Eso es algo que me dicen permanentemente, que siendo un material rígido y frío, la obra transmite todo lo contrario, calidez y movimiento.

Contanos un poco sobre tus obras en Palermo y en el Hipódromo. ¿Cómo llegaste ahí?

Hace ya unos 20 años que exhibo obras en Palermo. Antes de instalar Swing, que es la obra que está en la rotonda de acceso, llevé esculturas al stand de Buenos Aires Polo, de Luis Garrahan. Fue ahí donde empezó a conocerse mi trabajo.

Y después, cuando se hizo la remodelación en 2007, decidieron instalar Swing en la rotonda de acceso.
También propuse representar caballos de carrera y en el Hipódromo de Palermo hay un conjunto escultórico llamado La Llegada, que son dos caballos corriendo con sus jockeys, ubicados prácticamente frente al disco.

¿Recibiste algún pedido especial por parte de jugadores o referentes del ambiente? ¿Algún logro inesperado que te haya marcado?

Sí, tuve varios pedidos especiales. Uno de los más significativos fue el homenaje a Gonzalo Tanoira, encargado por su familia. Representa una pose muy particular, con el taco hacia adelante y no sobre el hombro, y está en su club. Hace poco lo volví a ver después de algunos años y fue muy especial encontrar la obra en el lugar que le dieron.

También hice un caballo de carrera muy especial; Invasor, el más ganador de la historia del turf argentino, con nueve premios internacionales. Le hicieron un museo en el haras donde fue criado y la escultura forma parte de ese espacio.

¿Qué te gustaría que se sienta o se interprete cuando alguien se encuentra con una de tus obras?

Que se sienta algo. Siempre digo que cuando un espectador siente algo, la obra está terminada, porque la obra por sí sola no tiene sentido. La interpretación es libre, cada persona ve cosas diferentes, siente distinto. Generalmente conmueve, llega, sorprende, y eso es lo más lindo.

Trabajás con materiales reciclados, algo que ya aporta una identidad muy marcada. ¿Creés que eso influye también en el valor simbólico de las piezas?

Trabajo con materiales de desecho, de descarte, que reutilizo. No es reciclado propiamente dicho, pero sí busco el valor y la belleza de cada pieza. En conjunto, en cada animal que represento, busco una armonía que combine según mi criterio y de acuerdo a la figura que estoy creando. No es algo librado al azar: lleva mucho trabajo de observación, análisis y búsqueda.

¿Cuál considerás que fue tu mayor logro a nivel profesional hasta hoy?

Mi mayor reconocimiento es el de la gente, el espectador que no me conoce que se saca fotos, observa, mira. Y también el que quiere tener una obra, se la lleva feliz, la regala feliz y la incorpora a su vida cotidiana.

Ese es un logro inmenso que me llena de orgullo, porque le pongo todo el corazón a lo que hago. En cada obra va una parte de mí, y verla reflejada en las reacciones de los demás es lo más valioso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *