Gaia Fenoglio: desde Tailandia, especializada en doma india y construyendo una comunidad en redes sociales

“Soy Gaia Fenoglio, tengo 19 años y soy de un pueblito de las sierras de Córdoba, Argentina. Hoy en día me dedico a domar caballos para polo.” Nacida entre las sierras de Córdoba, hoy vive y trabaja en Tailandia. Lejos de casa, pero siempre cerca de los caballos.

Desde chica se formó en doma india y desarrolló una mirada basada en enseñar antes que imponer, entendiendo la relación con el caballo como un diálogo constante. En la rutina del día a día, Gaia comenzó a compartir su experiencia en redes sociales, donde su comunidad crece de manera constante y sostenida, despertando curiosidad tanto por lo que sucede del otro lado de la pantalla como por la vida al otro lado del mundo. Desde Instagram y TikTok, ya reúne más de 115.000 seguidores, que conforman la base sólida de una comunidad que la acompaña y la hace sentir en casa a pesar de la distancia.

¿Cómo llegaste a ser petisera? ¿Te rodeás de caballos desde chica o fue algo que se dio más de grande?

No vengo de una familia de caballos, pero mis padres cometieron el error —o el acierto— de regalarme una yegüita cuando cumplí tres años. Desde entonces les dediqué mi vida.

Cuando me concienticé de que tenía que dedicarme a algo y no me veía encerrada en una oficina, decidí ser feliz y dedicarme a los caballos. Mi fuerte hoy en día es la doma, pero no me encasillo solamente en eso: siempre estoy buscando aprender otras habilidades.

A mis 14 años, cuando ya tenía claro que me quería dedicar a los caballos, me fui a aprender con los Scarpati, que se convirtieron en mi segunda familia. Estuve muchos años estudiando con ellos y, cuando decidí que la doma era lo que quería hacer, pensé: ¿dónde se mueven más caballos? Automáticamente se me vino a la cabeza el polo.

Una tarde, charlando con mi papá, le comenté que me quería meter en el polo y me dijo que creía que teníamos un familiar lejano que se dedicaba a eso. Ahí me nombró a Hugo Barabucci, quien, cuando se enteró de mi existencia y de que quería entrar en el polo, me invitó a ir a Pilar, a La Albertina. Estuve yendo y viniendo durante un par de años, aprendiendo muchísimo en su centro de doma.

Contanos sobre tu relación con los caballos, tu forma de doma y la manera en la que te entendés con ellos. Eso tan lindo de “hablar el lenguaje de los caballos”.

No uso un método de doma específico, pero estudié durante mucho tiempo con los Scarpati, y eso me dio una base muy sólida en doma india.

Las características de la doma india son que no doblegamos a los caballos para domarlos, sino que les enseñamos.

Yo aprendí su lenguaje para poder explicarles qué es lo que quiero que hagan, y eso, a la larga, te da caballos con la cabeza muy agilizada para aprender. Después, tanto en la cancha como en el día a día —donde se presentan situaciones de estrés o distintas circunstancias—, esa capacidad de analizar y aprender hace que sean caballos muy confiables.

¿Cómo fue tu camino y en qué momento se dio la oportunidad de trabajar en Tailandia?

La propuesta para venirme a Tailandia salió de manera muy orgánica. Mi papá conoció al polo manager del club de acá antes de que él viniera y, en una charla al aire, le comentó que yo domaba.

Meses después, me llamó y me dijo que estaba buscando un domador y que, si yo estaba dispuesta, armara los bolsos para viajar cuanto antes. Y bueno… así fue como me vine.

¿Qué fue lo más difícil de la adaptación al país? ¿Algo en particular que te haya sorprendido, a nivel laboral o personal?

La verdad es que no me costó adaptarme en absoluto. Cuando era chica viajaba bastante, así que estoy acostumbrada.

Lo único que se complica es el idioma. Los petiseros son tailandeses o camboyanos y no hablan ni inglés, así que es todo medio a las señas. Pero bueno, nos entendemos.

¿Cómo es un día normal en tu vida hoy y cómo es tu rutina?

Mis días dependen mucho de lo que esté sucediendo en el club. Normalmente, a la mañana trabajo los potros que tengo en doma, suelo montar seis.

A la tarde me pongo con los potrillos más chicos —tengo dos de un año y dos de nueve meses—, o me pongo a taquear y mover las yeguas jugadoras. Si hay que dar clases, doy clases, y el otro día incluso jugamos unos chukkers. Depende mucho de lo que esté pasando en el club.

Empezaste a mostrar tu día a día en redes sociales. ¿Qué te motivó a hacerlo y cómo sentís la respuesta de la gente que te sigue? ¿Qué buscás generar con tu contenido?

Arranqué con redes sociales hace ya un par de años. La verdad es que nunca fue con ánimo de buscar seguidores ni nada de eso, ni tampoco me sentí atada a tener que subir contenido todo el tiempo, porque si no me vuelvo un poco loca. Cuando puedo, voy subiendo cositas.

La verdad es que tengo una comunidad súper bonita, que me hace sentir en casa por más de que esté en la otra punta del mundo.

Con mi contenido simplemente buscaba inspirar y enseñar un poco de doma al que le sirva, pero también transmitir la idea de que, si yo puedo, puede cualquiera. No solo en el ámbito de los caballos, sino en lo que a cada uno lo haga feliz: si uno ama lo que hace y le pone garra, puede llegar a donde sea.

¿Algún objetivo para este 2026 o nuevos rumbos ya definidos?

Para 2026 lo único que sé es que quiero aprender a jugar al polo bien. Después, sé que voy a estar en Tailandia entre seis y nueve meses, viendo cómo salen estos potros que tengo ahora en doma, y después veré qué va surgiendo.